Ana Karenina

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–No comprendo a qué amor propio te refieres ––contestó Levin, picado por las palabras de su hermano–. Si en la Universidad me hubieran dicho que los demás comprendían el cálculo integral y yo no, eso sí que habría sido un caso de amor propio. Pero en este caso hay que empezar por convencerse de que no es falta de facultades para esos asuntos y además, y eso es lo principal, hay que tener la convicción de que son importantes.

–¿Acaso no lo son? –preguntó Sergio Ivanovich, ofendido de que su hermano ninguneara lo que tanto le preocupaba a él y ofendido, también, de que casi no lo escuchara.

–No me parecen importantes y no me interesan. ¿Qué quieres? –repuso Levin, advirtiendo ya que la figura que se acercaba era el encargado y que seguramente habría hecho retirar a los obreros del campo labrado, ya que regresaban con sus instrumentos de trabajo. «Es posible que hayan terminado ya de arar», pensó.

–Escúchame ––dijo su hermano mayor, arrugando las cejas de su rostro hermoso e inteligente–. Todo tiene sus límites. Está muy bien ser un hombre excepcional, sincero, no soportar falsedades… Ya sé que todo eso está muy bien. Pero lo que tú dices, o no tiene sentido, o es demasiado profundo. ¿Cómo puedes no dar importancia a que el pueblo, al que tú amas, según aseguras…


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