Ana Karenina

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«Jamás lo he asegurado», pensó Levin.

–… muera abandonado? Las comadronas ineptas ahogan a los niños, y el pueblo en general se ahoga en la ignorancia y está a merced del primer funcionario que encuentra. Entre tanto, tú tienes a tu alcance los medios para ayudarles y no lo haces por considerarlo innecesario.

Sergio Ivanovich le ponía en un dilema: o Levin era tan torpe que no comprendía cuanto le era factible o no quería sacrificar su tranquilidad, vanidad o lo que fuera, para hacerlo.

Levin reconocía que no le quedaba más remedio que someterse o reconocer su desinterés por el bien común. Aquello le disgustó y le ofendió.

–Ni una cosa ni otra –contestó rotundamente Levin–. No veo la posibilidad de…

–¿Cómo? ¿No es posible, empleando bien el dinero, organizar la asistencia médica popular?

–No me parece posible. En las cuatro mil verstas cuadradas de nuestra circunscripción, con los muchos lugares del río que no se hielan en invierno, con las tempestades, con las épocas de trabajo en el campo, no veo modo de llevar a todas partes la asistencia médica. Además, por principio, no creo en la medicina.

–Permíteme que te diga que eso no es razonable. Te pondría miles de ejemplos. Y luego, las escuelas…


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