Ana Karenina

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–Lo he probado. Al principio parece difícil, pero luego se acostumbra uno. Espero no quedarme rezagado.

–¡Vaya, vaya! Pero dime: ¿qué opinan de eso los aldeanos? Seguramente se burlarán de las manías de su señor.

–No lo creo. Ese trabajo es tan atracctivo y a la vez tan difícil que no queda tiempo para pensar.

–¿Y cómo vas a comer con ellos? Porque seguramente no irán a llevarte allí el vino Laffite y el pavo asado.

–No. Vendré a casa mientras ellos descansan.

A la mañana siguiente, Levin se levantó antes que nunca, pero las órdenes que tuvo que dar lo entretuvieron y, cuando llegó al prado, los segadores empezaban ya la segunda hilera.

Desde lo alto de la colina se descubría la parte segada del prado, con los bultos negros de los caftanes que se habían quitado los segadores cerca del lugar adonde llegaran en la siega de la primera hilera.

A medida que Levin se acercaba al prado, aparecían a sus ojos los campesinos, unos con sus caftanes, otros en mangas de camisa, que, formando una larga hilera escalonada, avanzaban moviendo las guadañas cada uno a su manera. Levin los contó y halló que había cuarenta y tres hombres.


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