Ana Karenina
Ana Karenina Por la tarde se fue al despacho, dio órdenes para el trabajo y envió a buscar segadores en los pueblos cercanos, a fin de segar al dÃa siguiente el prado de Vibumo, que era el mayor y el mejor de todos.
–Hagan también el favor de enviar mi guadaña a Tit, para que la afile y me la tenga lista para mañana.
Quizá trabaje yo también –dijo, tratando de disimular su turbación.
El encargado, sonriendo, repuso:
–Bien, señor.
Por la noche, durante el té, Levin le dijo a su hermano:
–Como el tiempo parece bueno, mañana empiezo a segar.
–Es muy interesante ese trabajo –dijo Sergio Ivanovich.
–A mà me encanta. A veces he segado yo con los aldeanos. Mañana me propongo hacerlo todo el dÃa.
Sergio Ivanovich, levantando la cabeza, miró a su hermano con atención.
–¿Cómo? ¿Con los campesinos? ¿Igual que ellos? ¿Todo el dÃa?
–SÃ; es muy agradable –contestó Levin.
–Como ejercicio fÃsico es excelente, pero no sé si podrás resistirlo –dijo Sergio Ivanovich sin ironÃa alguna.