Ana Karenina
Ana Karenina Levin oyó una risa ahogada entre los segadores.
–Procuraré no quedarme –repuso Levin, situándose tras Tit y esperando el momento de empezar.
–Muy bien; veremos cómo cumple –repitió el viejo.
Tit dejó sitio y Levin lo siguió. La hierba era baja, como sucede siempre con la que crece junto al camino, y Levin, que hacía tiempo no manejaba la guadaña y se sentía turbado bajo las miradas de los segadores fijas en él, segaba al principio con alguna torpeza, a pesar de hacerlo con vigor.
Se oyeron exclamaciones a sus espaldas.
–La tiene mal cogida, con el mango demasiado arriba… Mire cómo tiene que inclinarse –dijo uno.
–Apriete más con el talón –indicó otro.
–Nada, nada, ya se acostumbrará –repuso el viejo–. ¡Vaya, vaya, cómo se aplica! Hace el corte demasiado ancho y se cansará. Guadaña demasiado aprisa. ¡Se ve bien que trabaja para usted! Pero, ay, ay, ¡qué bordes va dejando! Antes, por cosas así, nos daban de palos a nosotros.