Ana Karenina
Ana Karenina Levin perdió la noción del tiempo y no sabía qué hora era. Su trabajo experimentaba ahora un cambio que le colmaba de placer. En medio de la tarea había momentos en que olvidaba lo que hacía y trabajaba sin esfuerzo; y entonces su hilera resultaba casi igual a la de Tit. Pero en cuanto recuperaba la presencia y se esmeraba, sentía el peso del esfuerzo y todo empeoraba.
Terminada una hilera más, iba a recomenzar cuando notó que Tit se detenía y, acercándose al viejo, le hablaba en voz baja. Ambos miraron al sol.
«¿De qué hablarán y por qué no siguen trabajando?», pensó Levin, sin darse cuenta de que los campesinos llevaban segando sin cesar lo menos cuatro horas y era ya tiempo de descansar.
–Es hora de almorzar, señor –dijo el viejo.
–¿Ya es hora? Bueno, almorcemos.
Levin entregó la guadaña a Tit y, en grupo con los aldeanos que se acercaban a sus caftanes para coger el pan, se dirigió al lugar donde estaba su caballo, pisando la hierba segada, ligeramente húmeda por la lluvia.
Sólo entonces se dio cuenta de que no había previsto bien el tiempo y de que la lluvia estaba mojando el heno.
–La lluvia va a echar a perder el heno –dijo.