Ana Karenina

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No pensaba ni deseaba nada, salvo trabajar lo mejor posible y que los campesinos no lo dejasen atrás. No oía más que el rumor de las guadañas; y veía ante sí la figura erguida de Tit que se iba alejando; el semicírculo de hierba segada; la hierba que caía lentamente, como en oleadas; las flores que se ofrecían ante el filo de su guadaña, y al fondo y frente a sí, el término de la hilera, donde al llegar podría descansar.

En medio del trabajo, y sin comprender la causa de ello, experimentó de repente una agradable sensación de frescura en sus hombros ardientes y cubiertos de sudor, y luego mientras afilaban las guadañas, miró al cielo.

Había llegado una nube baja y pesada y caían gruesas gotas de lluvia.

Algunos segadores corrieron hacia sus caftanes. Otros, como Levin, se encogieron de hombros, satisfechos de sentir la agradable frescura del agua.

Hicieron una hilera más, y otra. Unas hileras eran largas, otras cortas, la hierba ora mala, ora buena.


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