Ana Karenina

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Así concluyeron la primera hilera, que a Levin le pareció muy larga, dura y difícil, pero cuando hubieron llegado al final y Tit, echándose la guadaña al hombro, comenzó a caminar sobre las huellas que dejaron en la tierra sus propios talones, y Levin hubo hecho lo propio siguiendo también sus propias huellas, se sintió muy a gusto, a pesar del sudor que le caía del rostro y la nariz en gruesas gotas y de tener la espalda completamente empapada. Le alegraba, sobre todo, la seguridad que tenía ahora de que podría resistir el trabajo.

Lo único que empañaba su satisfacción era el ver que su hilera no estaba bien segada.

«Moveré menos el brazo y más el tronco», pensaba Levin, comparando la hilera de Tit, segada como a cordel, con la suya, donde la hierba había quedado desigual.

Según Levin observó, Tit había recorrido muy de prisa la primera hilera, sin duda para probar al amo.

Además, era una hilera más larga que las otras. Las siguientes eran más fáciles, pero, con todo, Levin tenía que esforzarse para no quedar rezagado.


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