Ana Karenina
Ana Karenina Para Levin, así como para el joven que trabajaba a sus espaldas, tales cambios de movimiento se hacían muy difíciles. Los dos, una vez hallada la forma adecuada de moverse, se embebían en el ardor del trabajo y eran incapaces de modificar el ritmo y observar a la vez lo que había ante ellos y segar.
Levin no reparaba en el tiempo que transcurría. Si le hubiesen preguntado cuántas horas llevaba trabajando, habría contestado que apenas media, cuando en realidad había llegado ya la hora de comer.
Volviendo por el lado segado ya, el viejo señaló a Levin varios niños de ambos sexos que, por todas partes, incluso por el sendero, aunque apenas visibles entre las altas hierbas, se acercaban a los segadores llevando saquitos con panes y jarros de kwass sujetos con cintas que apenas podían sostener.
–¡Eh! ¡Ya están aquí los renacuajos! –––dijo el viejo, indicando a los niños, mientras, protegiendo sus ojos con la mano, miraba el sol.
Trabajaron un poco más. Luego, el viejo se detuvo.
–¡Ea, señor, ya es hora de comer! –dijo decididamente.