Ana Karenina

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Acercándose al río, los segadores se dirigieron a sus caftanes, junto a los que les esperaban los niños que traían la comida. Los aldeanos que llegaban de más lejos se colocaron bajo los carros y los de más cerca a la sombra de los sauces, extendiendo antes en el suelo manojos de hierba.

Levin se sentó junto a ellos. No tenía deseos de irse.

El malestar que imponía a los hombres la presencia del amo se había disipado hacía rato. Los aldeanos se preparaban a comer. Algunos se lavaban. Los niños se bañaban en el río. Otros preparaban sitios para descansar, desataban los saquitos de pan, destapaban los jarros de kwass.

El viejo cortó pan, lo echó en su tazón, lo aplastó con el mango de la cuchara, vertió agua del botijo de lata, volvió a cortar pan y, poniéndole sal, oró de cara a oriente.

–¿Quiere probar mi tiuria , señor? –dijo, sentándose y apoyando el tazón en las rodillas.

La tiuria estaba tan buena que Levin desistió de ir a casa. Comió con el viejo, hablándole de los asuntos que podían interesarle y poniendo en ellos la más viva atención, a la vez que le hablaba también de aquellos asuntos propios que podían interesar a su interlocutor.


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