Ana Karenina

Ana Karenina

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Se sentía moralmente más cerca de su hermano y sonreía sin querer, penetrado del sentimiento afectuoso que el viejo le inspiraba.

El anciano se incorporó, rezó y se tendió allí mismo, a la sombra de unas matas, poniendo bajo su cabeza un poco de hierba, y Levin hizo lo propio; y, a pesar de que las fastidiosas moscas y otros insectos que zumbaban bajo el sol le cosquilleaban el rostro sudoroso y el cuerpo, se durmió en seguida y no despertó hasta que el sol, pasando al otro lado de las matas, llegó hasta él.

El viejo, que hacía rato que no dormía, estaba sentado arreglando las guadañas de los mozos.

Levin miró en torno suyo y halló tan cambiado el lugar que apenas lo reconocía. El enorme espacio de prado estaba segado ya y brillaba con una claridad particular, nueva, con hileras de hierbas olorosas a heno bajo los rayos del sol ya en su ocaso. Distinguíanse los arbustos, con la hierba segada en tomo, próximos al río; el río mismo, no visible antes y ahora brillante como el acero en sus recodos; la gente que se despertaba y se ponía en movimiento; el alto muro de las hierbas en la parte del prado no segada aún, y los buitres que revoloteaban incesantemente sobre el prado desnudo.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker