Ana Karenina

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Era un espectáculo completamente nuevo. Viendo lo que había avanzado el trabajo, Levin comenzó a calcular cuánto se habría segado y cuánto se podría segar aún en aquel día. Para cuarenta y tres hombres se había adelantado mucho. El enorme prado, que en los tiempos de la servidumbre exigía treinta hombres durante dos días para segarlo, ya estaba terminado todo, salvo en las extremidades, Pero Levin quería tenerlo terminado lo antes posible y le contrariaba que el sol corriese tan rápidamente.

No sentía cansancio alguno y habría deseado seguir trabajando más y más.

–¿Qué le parece? ¿Tendremos tiempo de segar el Machkin Verj? –preguntó al viejo.

–Sí, si Dios quiere, aunque el sol no está ya muy alto. ¿Por qué no ofrece usted a los mozos un poco de vodka?

Hacia media tarde, cuando los trabajadores volvieron a sentarse para merendar y los que fumaban encendieron sus cigarrillos, el viejo anunció que, si segaban y terminaban en el día Machkin Verj, tendrían vodka.

–¡Pues cómo no! Venga, Tit, empecemos… ¡Hala, de una vez! ¡Ya comeremos por la noche! Muchachos, a vuestros sitios –se oyó gritar.

Los guadañadores, terminando rápidamente de comer el pan, corrieron a sus puestos.


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