Ana Karenina
Ana Karenina Matrena Filimonovna llamó a una de las mujeres para que pusiera a secar una sábana y una camisa que se habían caído al agua, y Daria Alejandrovna se puso a hablar con ellas. Al principio no hacían más que reír, tapándose la boca con la mano y sin comprender lo que les preguntaban. Pero pronto se sintieron más audaces y comenzaron a hablar, cautivando en seguida la simpatía de Dolly por la sincera admiración que mostraban hacia sus hijos.
–¡Hay que ver qué hermosura de niña! ¡Es blanca como el azúcar! –decía una de las mujeres, contemplando a Tania–. Pero está muy delgadita.
–Sí. Ha estado enferma.
–¿También han bañado a ése? –preguntó otra, señalando al menor de todos.
–No. Éste no tiene más que tres meses –contestó Dolly con orgullo.
–¡Caramba!
–Y tú, ¿tienes hijos?
–Tenía cuatro. Me han quedado dos: chico y chica. En la última cuaresma he destetado al niño.
–¿Qué edad tiene?
–Más de un año.
–¿Cómo le has dado el pecho tanto tiempo?
–Es nuestra costumbre: tres cuaresmas.