Ana Karenina
Ana Karenina Al oÃr su propuesta, los dos mayores saltaron del coche en seguida y se pusieron a correr con él con tanta confianza como habrÃan corrido con la niñera, con miss Hull o con su madre. Lily quiso también descender y la madre accedió, entregándosela a Levin, quien la acomodó sobre sus hombros y se puso a correr con ella.
–No tenga miedo, Daria Alejandrovna; no la dejaré caer ––le dijo a la madre sonriendo alegremente.
Y mirando sus movimientos hábiles, vigorosos y prudentes, Dolly se tranquilizó y, contemplándole, sonreÃa alegre y aprobadora.
En el pueblo, con los niños y Dolly, por la que sentÃa gran simpatÃa, Levin encontró aquella disposición de ánimo, infantil y alegre, que tanto le gustaba a Daria Alejandrovna. CorrÃa con los niños, les enseñaba gimnasia, hacÃa reÃr a la señorita Hull con su inglés chapurreado y le hablaba a Dolly de sus ocupaciones en el pueblo.
Después de comer, Dolly se quedó a solas con él en el balcón se puso a hablarle de Kitty.
–¿Sabe usted que Kitty va a venir a pasar el verano conmigo?
–¿De veras? –repuso él sonrojándose.
Y, para cambiar de conversación, añadió en seguida: