Ana Karenina

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–¿Qué, le mando dos vacas o no? Si se empeña en pagármelas, puede darme cinco rubios al mes por cada una, si es que esto no ha de ser motivo de remordimiento.

–No, gracias. Ya nos hemos arreglado.

–Entonces voy a ver las vacas suyas y, si me lo permite, daré instrucciones sobre la manera cómo hay que alimentarlas. Esto es lo más importante.

Y, para eludir la charla sobre Kitty, Levin le explicó a Dolly la teoría de la economía pecuaria, consistente en que la vaca es una mera máquina para transformar el pienso en leche y etcétera.

Le estaba hablando de todo aquello, pero interiormente ardía en deseos de oír detalles sobre Kitty, que a la vez temía. Porque, en el fondo, le horrorizaba perder la tranquilidad conseguida con tanto esfuerzo.

–Ya, ya, pero todo eso exige estar muy atentos a ello. ¿Y quién se encargaría de semejante cosa? –preguntó, con poco interés, Daria Alejandrovna.

A la sazón dirigía la casa según la organización establecida por Matrena Filimonovna y no quería cambiar nada. Tampoco, a decir verdad, confiaba demasiado en los conocimientos de Levin sobre economía doméstica.

Las ideas de que la vaca era una máquina de elaborar leche le resultaban extrañas, le parecían que sólo traería dificultades.


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