Ana Karenina
Ana Karenina –Es usted el hombre más extraño ––le dijo mirándolo a la cara con dulzura–. En fin, como si no hubiéramos dicho nada… ¿Qué quieres? –preguntó en francés a la niña, que entraba en aquel momento.
–¿Dónde está mi piruleta, mamá?
–Cuando te hable en francés, contéstame en francés.
La niña querÃa decirlo asÃ, pero habÃa olvidado esa palabra en francés. La madre se lo recordó y luego le dijo, en francés, dónde tenÃa que ir a buscarla. A Levin todo esto le disgustó. Al presente, nada de lo que habÃa en aquella casa, ni siquiera los niños, le gustaba como antes.
«¿Por qué le hablará a sus niños en ese idioma?», pensaba. «¡Qué poco natural y qué falso es! Los niños lo presienten. ¡Les hacen aprender el francés y desaprender la sinceridad!», continuaba pensando, sin saber que Daria Alejandrovna habÃa pensado lo mismo mil veces y habÃa creÃdo necesario educarlos asà aun a costa de la sinceridad.
–¿Va a marcharse tan pronto? Quédese un poco más.
Levin se quedó hasta el té, pero toda su alegrÃa se habÃa disipado y sentÃa cierto malestar.