Ana Karenina

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De cada almiar salieron treinta y dos carros. Pese a las afirmaciones del alcalde de que el heno estaba muy hinchado, de que se aplastaba al cargarlo en los carros, pese a sus juramentos de que todo había sido dividido tal como Dios mandaba, Levin insistió en que, habiéndose repartido el heno en ausencia suya, no lo aceptaría a razón de cincuenta carretadas por almiar.

Tras largas discusiones, se acordó que los aldeanos recibieran aquellos once almiares para sí, contando en cada uno cincuenta carretadas, y que se separara de nuevo la parte de Levin.

Entre las discusiones y los trabajos de repartir el heno llegó el mediodía. Una vez terminada la distribución, Levin, confiando a su encargado la vigilancia de lo restante, se sentó sobre un almiar construido en torno a una alta pértiga y se hundió en la contemplación del prado y la animación que ofrecía con las gentes en pleno trabajo.

Ante sí, en el recodo que formaba el río tras un pequeño marjal, avanzaba llenando el aire con su alegre vocerío una abigarrada hilera de mujeres, entre el heno removido que se extendía por el rastrojo de un color verde claro en franjas grises y onduladas.


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