Ana Karenina
Ana Karenina Tras las mujeres seguÃan hombres con horcas y los montones se convertÃan en altas y ligeras hacinas. A la izquierda, por el prado ya limpio, sonaba el ruido de los carros, y, uno tras otro, alzados por las grandes horcas, desaparecÃan los haces y en vez de ellos se levantaban los enormes y pesados carros, cargados de heno oloroso de tal modo que la hierba desbordaba por las grupas de los caballos.
–Hay que apresurarse mientras dura el buen tiempo. Asà saldrá un heno excelente ––le dijo el viejo, que se habÃa sentado junto a él–. Mire, mire cómo trabajan los mozos. Lo recogen con tanto interés como si fuera té. ¡No van tan veloces las aves cuando se les echa el grano, no! –añadió, indicando las gavillas ya cargadas en los carros–. Desde la hora de comer habrán cargado como la mitad.
Y le gritó a un mozo que se disponÃa a marchar de pie en la parte delantera de uno de los carros, y con las riendas en la mano.
–¿Es el último?
–El último, padrecito –contestó el mozo, reteniendo el caballo. Y se volvió para mirar, sonriendo, a una mujer muy colorada y también sonriente que iba sentada en la parte trasera del carro, y ambos continuaron su camino.
–¿Es hijo tuyo? –preguntó Levin.