Ana Karenina
Ana Karenina –El más pequeño ––contestó el viejo con dulce sonrisa.
–¡Es un bravo mozo!
–No puede decirse mal.
–¿Está casado ya?
–En la cuaresma de san Felipe hizo dos años.
–¿Tiene hijos?
–¡Hijos! ¡Si se me ha pasado un año entero sin saber nada de… ! Hasta que nos burlamos de él y… ¡Pero qué heno tan hermoso! ¡Parece verdaderamente té! –continuó el viejo, queriendo cambiar de conversación.
Levin miró con más atención a Vanika Parmenov y a su mujer que, lejos de él, cargaba otro carro de heno. Iván Parmenov, de pie en el carro, recibÃa, igualaba y aplastaba los enormes haces de heno que, primero a brazadas y luego con la horca, le pasaba su mujer, joven y hermosa, y quien trabajaba sin esfuerzo, con agilidad y alegrÃa. Primero la joven lo ahuecaba, después hundÃa en él la horca y, con un movimiento rápido y flexible, cargaba sobre la horca todo el peso de su cuerpo, encorvando el busto, ceñido por un cinturón rojo. Luego se erguÃa mostrando su pecho lleno bajo el blanco corpiño, y con un hábil ademán empujaba la horca e introducÃa el heno en el carro.