Ana Karenina
Ana Karenina
Una vez sujeto el heno en el carro, Iván bajó de un salto y comenzó a llevar por la brida a su caballo, excelente y bien nutrido.
La mujer echó el rastrillo en el carro y, con paso vivo, moviendo los brazos al andar, se dirigió al encuentro de las otras mujeres, que estaban sentadas en cÃrculo. Iván, al llegar al camino, se unió a la fila de los demás carros. Las mujeres, con los rastrillos al hombro, radiantes en sus vivos colores, hablaban con voz alegre y sonora mientras seguÃan a los carros.
Una voz femenina áspera y ruda entonó una canción repitiendo el estribillo. Entonces, todos a coro, medio centenar de voces sanas, altas y rudas, iniciaron el mismo cantar y lo concluyeron.
Las mujeres se acercaban, cantando, hacia Levin, que se sentÃa como si se le aproximara una nube cargada de truenos de alegrÃa.
Llegó la nube, lo alcanzó y el montón de heno en el que estaba tendido, y los demás montones, y los carros, y el prado y hasta los campos lejanos, todo se agitó y onduló bajo el ritmo de aquel cantar salvaje y atrevido, acompañados de gritos, silbidos y exclamaciones de entusiasmo.
Levin sintió envidia de aquella sana alegrÃa. Le habrÃa gustado participar de aquella expresión de júbilo vital.