Ana Karenina

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Pero no podía hacerlo como ellos, y tenía que permanecer allí tendido y obsevar.

Cuando la gente desapareció de su vista y las canciones no llegaban ya a sus oídos, Levin sintió el pesado dolor de su soledad, de su ociosidad física, de los sentimientos de hostilidad que experimentaba hacia aquel mundo de campesinos.

Algunos de ellos habían discutido con él sobre el asunto del heno, habían tratado de engañarle y él les había increpado. Y, sin embargo, le saludaban, alegres, en voz baja, y se veía que no sentían, ni podían, rencor hacia él, y que ni siquiera recordaban el intento de estafa. Todo se había hundido en el mar del alegre trabajo común. Dios ha dado el día, Dios ha dado las fuerzas; y ambas están consagrados al trabajo, en el que se haya su propia recompensa.

El objeto que tuviera el trabajo, y cuáles pudieran ser sus frutos, constituían ya cálculos mezquinos y extraños a aquella alegría.

Levin solía admirar esta vida y, con frecuencia, solía experimentar envidia de los que la vivían. Pero especialmente hoy, bajo la impresión de lo que viera en las relaciones de Iván Parmenov con su joven esposa, Levin pensó que de él dependía cambiar su vida de holganza, tan penosa, su vida artificial, vida de trabajo pura y alegre como la de los demás.


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