Ana Karenina
Ana Karenina En su interior luchaba con el deseo de olvidar a su desgraciado hermano y la convicción de que obrar de aquel modo serÃa una mala acción.
–Al parecer, se propone ofenderme; pero no lo conseguirá –seguÃa diciendo Sergio–. Yo estaba dispuesto a ayudarle con todo mi corazón; mas ya ves que es imposible.
–SÃ, sÃ… –repuso Levin–. Comprendo y apruebo tu actitud… Pero yo quiero verle.
–Ve si lo deseas, mas no te lo aconsejo –dijo Sergio Ivanovich–. No es que yo le tema con respecto a las relaciones entre tú y yo: no conseguirá hacernos reñir. Pero creo que es mejor que no vayas, y asà te lo aconsejo. Es imposible ayudarle. Sin embargo, haz lo que te parezca mejor.
–Quizá sea imposible ayudarle, pero no quedarÃa tranquilo, sobre todo ahora, si…
–No te comprendo bien –repuso Sergio Ivanovich–, lo único que comprendo es la lección de humildad.
Desde que Nicolás comenzó a ser como es, yo comencé a considerar eso que llaman una «bajeza», con menos severidad. ¡Ya sabes lo que hizo!
–¡Es terrible, terrible! –repetÃa Levin.