Ana Karenina

Ana Karenina

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

–No necesito nada, nada –dijo a la muchacha, que colocaba frascos y cepillos en la mesita del tocador–. Váyase. Voy a vestirme y salir. No necesito nada, nada…

Anuchka salió de la alcoba, pero Ana, sin vestirse, continuó sentada en la misma posición, con la cabeza baja y los brazos caídos, estremeciéndose de vez en cuando de pies a cabeza como si fuese a hacer o decir algo y se sintiera incapaz de ello. Repetía sin cesar, para sí: «¡Dios mío, Dios mío!».

Pero tales palabras no significaban nada para ella. La idea de buscar consuelo en la religión le resultaba tan extraña como la de hallarlo en su propio marido, aunque no dudaba de la religión en que la habían educado.

Sabía bien que el consuelo religioso sólo era posible a base de prescindir de aquello que era el único objeto de su vida. Y no sólo sentía dolor, sino que comenzaba a sentir miedo ante aquel terrible estado anímico que nunca hasta entonces había experimentado. Le parecía que todo en su alma comenzaba a desdoblarse, como a veces se desdoblan los objetos ante una vista cansada. A ratos no sabía ya lo que deseaba ni lo que temía, ni si temía o deseaba lo que era o más bien lo que había de ser después. Y no podía precisar qué era concretamente lo que deseaba.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker