Ana Karenina
Ana Karenina –No necesito nada, nada –dijo a la muchacha, que colocaba frascos y cepillos en la mesita del tocador–. Váyase. Voy a vestirme y salir. No necesito nada, nada…
Anuchka salió de la alcoba, pero Ana, sin vestirse, continuó sentada en la misma posición, con la cabeza baja y los brazos caÃdos, estremeciéndose de vez en cuando de pies a cabeza como si fuese a hacer o decir algo y se sintiera incapaz de ello. RepetÃa sin cesar, para sÃ: «¡Dios mÃo, Dios mÃo!».
Pero tales palabras no significaban nada para ella. La idea de buscar consuelo en la religión le resultaba tan extraña como la de hallarlo en su propio marido, aunque no dudaba de la religión en que la habÃan educado.
SabÃa bien que el consuelo religioso sólo era posible a base de prescindir de aquello que era el único objeto de su vida. Y no sólo sentÃa dolor, sino que comenzaba a sentir miedo ante aquel terrible estado anÃmico que nunca hasta entonces habÃa experimentado. Le parecÃa que todo en su alma comenzaba a desdoblarse, como a veces se desdoblan los objetos ante una vista cansada. A ratos no sabÃa ya lo que deseaba ni lo que temÃa, ni si temÃa o deseaba lo que era o más bien lo que habÃa de ser después. Y no podÃa precisar qué era concretamente lo que deseaba.