Ana Karenina
Ana Karenina Al recordar a Vronsky, se figuraba que él no la quería, que empezaba a sentirse cansado, que ella no podía ofrecérsele, y esto le hacía experimentar animosidad contra él. Le parecía como si las palabras dichas a su marido, que continuamente acudían a su imaginación, las hubiera dicho a todos y todos las hubiesen oído.
No se atrevía a mirar a los ojos a quienes vivían con ella. No osaba llamar a la criada ni descender a la planta baja para ver a la institutriz y a su hijo.
La muchacha, que esperaba hacía tiempo en la puerta, escuchando, decidió entrar en la alcoba.
Ana la miró a los ojos inquisitiva y, sintiéndose cohibida, se ruborizó. La criada pidió perdón, diciendo que creía que la señora la había llamado.
Traía la ropa y un billete de Betsy, quien le recordaba que aquel día irían a su casa por la mañana Lisa Merkalova y la baronesa Stalz con sus admiradores: Kaluchsky y el viejo Stremov, para jugar una partida de cricket.
«Venga, aunque sea sólo para aprender algo de nuestras costumbres. La espero.», concluía el billete.
Ana leyó y suspiró dolorosamente.