Ana Karenina

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Pero ya estaban dichas y era imposible adivinar lo que podría resultar de aquello, ya que Alexey Alejandrovich se marchado ido sin responderle nada.

«He visto a Vronsky y no le he contado lo ocurrido», reflexionaba.

«Incluso cuando se disponía a irse estuve a punto de llamarlo y decírselo todo, pero no lo hice porque pensé que le parecería extraño que no se lo hubiese explicado en el primer momento. ¿Por qué no lo hice?»

Y al tratar de contestar a tal pregunta, el rubor encendió sus mejillas. Comprendió lo que se lo impedía, comprendió que sentía vergüenza. La situación, que la tarde anterior le había parecido aclarada, se le presentaba de repente no sólo como más turbia, sino, además, irresoluble. Quedó aterrada ante el deshonor en que se veía hundida, cosa en la cual ni siquiera había pensado. Y al detenerse a reflexionar sobre lo que haría su marido, se le ocurrían las más terribles ideas.

Imaginaba que iba a llegar ahora el administrador para echarla de casa, y que su deshonra iba a ser publicada ante todos. Se preguntaba a dónde iría cuando la echaran de allí y no encontraba contestación.


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