Ana Karenina
Ana Karenina El recuerdo de su hijo hizo que Ana saliese de aquella situación desesperada en que se encontraba. Se acordó del papel, en parte sincero, aunque más bien exagerado, de madre consagrada por completo a su hijo en que había vivido aquellos últimos años, y notó con alegría que en el estado en que se encontraba aún poseía una fuerza independiente de la posición en que se hallara respecto a su marido y a Vronsky, y esta energía era su hijo. Fuera la que fuera su situación, no podría abandonarlo; aun cuando su marido la cubriese de oprobio, y aunque Vronsky continuara viviendo independiente de ella –y de nuevo lo recordó con amargura y reproche–, Ana no podría separarse de su Sergio. Tenía un objetivo en la vida. Debía obrar, obrar para asegurar su posición con su hijo, para que no se lo quitasen. Y había de actuar inmediatamente si quería evitarlo. Debía coger a su hijo y marcharse. No le cabía hacer otra cosa.
Tenía que calmarse y salir de tan penosa situación. El pensamiento de que urgía hacer algo, que tenía que tomar a su hijo inmediatamente y huír con él a cualquier sitio, le proporcionó la calma que necesitaba.
Se vistió deprisa, bajó y con paso seguro entró en el salón, donde, como de costumbre, le esperaban Sergio y la institutriz con el café.