Ana Karenina
Ana Karenina Sergio, vestido de blanco, estaba ante la consola del espejo, con la espalda y cabeza inclinadas, expresando aquella atención concentrada que ella conocÃa y que señalaba más su semejanza con su padre, manipulando unas flores que habÃa llevado del jardÃn.
La institutriz presentaba un aspecto severo. Sergio exclamó, chillando como solÃa:
–¡Mamá!
Y se interrumpió, indeciso. ¿DebÃa saludar primero a su madre, dejando las flores, o terminar la corona antes y acercarse a su madre ya con las flores en la mano?
Después de saludar, la institutriz comenzó a relatar, lenta y detalladamente, la falta cometida por el niño. Pero Ana no la escuchaba y pensaba si convendrÃa o no llevársela consigo.
«No, no la llevaré», decidió. «Me iré sola, con mi hijo.»
–SÃ, eso está muy mal ––dijo Ana, tomando al niño por el hombro y mirándole no con severidad, sino con timidez, lo que confundió al pequeño y le llenó de alegrÃa.
Ana le dio un beso.
–Déjele conmigo –indicó a la extrañada institutriz.
Y, sin soltar las manos de Sergio, se sentó a la mesa en que estaba servido el café.