Ana Karenina
Ana Karenina –Yo, mamá… no, no… –murmuró el niño, pensando en lo que podrÃa esperarle por haber cogido un melocotón sin permiso.
–Sergio –dijo Ana, cuando la institutriz hubo salido del aposento–. Eso está muy mal, pero no lo harás más, ¿verdad? ¿Me quieres?
SentÃa que le acudÃan las lágrimas a los ojos. «¿Cómo puedo dejar de quererlo?», pensó, sorprendiendo la mirada, asustada y al mismo tiempo jubilosa, de su hijo. « ¿Es posible que se una a su padre para martirizarme? ¿Es posible que no me compadezca?»
Las lágrimas corrÃan ya por su rostro, y para disimularÃas se levantó bruscamente y salió a la terraza.
Después de las lluvias y tempestades de los últimos dÃas, el tiempo era claro y frÃo. Bajo el sol radiante que iluminaba las hojas húmedas de los árboles, se sentÃa la frescura del aire.
Al contacto con el exterior, el frÃo y el terror se adueñaron de ella con fuerza nueva y la hicieron estremecer.
–Ve, ve con Mariette –dijo a Sergio, que la seguÃa.
Y comenzó a pasear arriba y abajo por la estera de paja que cubrÃa el suelo de la terraza.