Ana Karenina
Ana Karenina «¿Será posible que no me perdonen? ¿No comprenderán que esto no podía ser de otro modo?», se dijo.
Se detuvo, miró las copas de los olmos agitadas por el viento, con sus hojas frescas y brillantes bajo la fría luz del sol, y le pareció que en ningún lugar del mundo hallaría piedad para ella, que todo había de ser duro y sin compasión, como aquel cielo frío y aquellos árboles… Y de nuevo sintió que su alma se desdoblaba.
«No, no pensemos en ello», se dijo. «He de preparar mi viaje: tengo que irme. ¿Adónde? ¿Y cuándo? ¿Quién me acompañará? Sí; me iré a Moscú en el tren de la noche, llevándome a Anuchka y a Sergio y las cosas más necesarias. Pero antes debo escribirles a ambos.»
Entró en casa precipitadamente, pasó a su gabinete, se sentó a la mesa y le escribió a su marido:
«Después de lo sucedido, no puedo continuar en casa. Me marcho llevándome al niño. Ignoro las leyes y no sé si el hijo debe quedarse con el padre o con la madre. Pero me lo llevo conmigo porque no puedo vivir sin él. Sea generoso y déjemelo».
Hasta llegar aquí escribió rápidamente y con naturalidad, pero la apelación a una generosidad que Ana no reconocía en su marido y la necesidad de terminar la carta con algo conmovedor la interrumpieron.