Ana Karenina
Ana Karenina Aquel dÃa y a aquella hora acudÃan a la pista personas de una misma posición, todas ellas conocidas entre sÃ. Allà estaban los maestros del arte de patinar, luciendo su arte; los que aprendÃan sujetándose a sillones que empujaban delante de ellos, deslizándose por el hielo con movimientos tÃmidos y torpes; habÃa también niños, y viejos que patinaban por motivos de salud.
Todos parecÃan a Levin seres dichosos porque podÃan estar cerca de «ella». Sin embargo, los patinadores cruzaban al lado de Kitty, la alcanzaban, le hablaban, se separaban otra vez y todo con indiferente naturalidad, divirtiéndose sin que ella entrase para nada en su alegrÃa, gozando del buen tiempo y de la excelente pista.
Nicolás Scherbazky, primo de Kitty, vestido con una chaqueta corta y pantalones ceñidos, descansaba en un banco con los patines puestos. Al ver a Levin, le gritó:
–¡Hola, primer patinador de todas las Rusias! ¿Desde cuándo está usted aqu� El hielo está excelente. Ande, póngase los patines.
–No traigo patines –repuso Levin, asombrado de la libertad de maneras de Scherbazky delante de «ella» y sin perderla de vista ni un momento, aunque tenÃa puesta en otro sitio la mirada.