Ana Karenina
Ana Karenina Sintió que el sol se aproximaba a él. Deslizándose sobre el hielo con sus piececitos calzados de altas botas, Kitty, algo asustada al parecer, se acercaba a Levin. Tras ella, haciendo gestos desesperados a inclinándose hacia el hielo, iba un muchacho vestido con el traje nacional ruso que la perseguía. Kitty patinaba con poca seguridad. Sacando las manos del manguito sujeto al cuello por un cordón, las extendía como para cogerse a algo ante el temor de una caída. Vio a Levin, a quien reconoció en seguida, y sonrió tanto para él como para disimular su temor.
Al llegar a la curva, Kitty, con un impulso de sus piececitos nerviosos, se acercó a Scherbazky, se cogió a su brazo sonriendo y saludó a Levin con la cabeza.
Estaba más hermosa aún de lo que él la imaginara. Cuando pensaba en ella, la recordaba toda: su cabecita rubia, con su expresión deliciosa de bondad y candor infantiles, tan admirablemente colocada sobre sus hombros graciosos. Aquella mezcla de gracia de niña y de belleza de mujer ofrecían un conjunto encantador que impresionaba a Levin profundamente.