Ana Karenina

Ana Karenina

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Pero lo que más le impresionaba de ella, como una cosa siempre nueva, eran sus ojos tímidos, serenos y francos, y su sonrisa, aquella sonrisa que le transportaba a un mundo encantado, donde se sentía satisfecho, contento, con una felicidad plena como sólo recordaba haberla experimentado durante los primeros días de su infancia.

–¿Cuándo ha venido? –le preguntó Kitty, dándole la mano.

El pañuelo se le cayó del manguito. Levin lo recogió y ella dijo: –Muchas gracias.

–Llegué hace poco: ayer… quiero decir, hoy… –repuso Levin, a quien la emoción había impedido entender bien la pregunta–. Me proponía ir a su casa… Y recordando de pronto el motivo por que la buscaba, se turbó y se puso encarnado.

–No sabía que usted patinara. Y patina muy bien –añadió.

Ella le miró atentamente, como tratando de adivinar la causa de su turbación.

–Estimo en mucho su elogio, ya que se le considera a usted como el mejor patinador –dijo al fin, sacudiendo con su manecita enfundada en guantes negros la escarcha que se formaba sobre su manguito.

–Sí; antes, cuando patinaba con pasión aspiraba a llegar a ser un perfecto patinador.


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