Ana Karenina
Ana Karenina –Parece que usted se apasiona por todo –dijo la joven, sonriendo–. Me gustarÃa verle patinar. Ande, póngase los patines y demos una vuelta juntos.
«¿Es posible? ¡Patinar juntos!», pensaba Levin, mirándola.
–En seguida me los pongo –dijo en alta voz.
Y se alejó a buscarlos.
–Hace tiempo que no venÃa usted por aquÃ, señor–le dijo el empleado, cogiendo el pie de Levin para sujetarle los patines–. Desde entonces no viene nadie que patine como usted. ¿Queda bien asÃ? –concluyó, ajustándole la correa.
–Bien, bien; acabe pronto, por favor –replicaba Levin, conteniendo apenas la sonrisa de dicha que pugnaba por aparecer en su rostro. «¡Eso es vida! ¡Eso es felicidad! ¡Juntos, patinaremos juntos!, me ha dicho. ¿Y si se lo dijera ahora? Pero tengo miedo, porque ahora me siento feliz, feliz aunque sea sólo por la esperanza… ¡Pero es preciso decidirse! ¡Hay que acabar con esta incertidumbre! ¡Y ahora mismo!»
Se puso en pie, se quitó el abrigo y, tras recorrer el hielo desigual inmediato a la caseta, salvó el hielo liso de la pista, deslizándose sin esfuerzo, como si le bastase la voluntad para animar su carrera. Se acercó a Kitty con timidez, sintiéndose calmado al ver la sonrisa con que le acogÃa.