Ana Karenina
Ana Karenina Ella le dio la mano y los dos se precipitaron juntos, aumentando cada vez más la velocidad, y cuanto más deprisa iban, tanto más fuertemente oprimÃa ella la mano de Levin.
–Con usted aprenderÃa muy pronto, porque, no sé a qué se deberá, pero me siento completamente segura cuando patino con usted –le dijo.
–Y yo también me siento más seguro cuando usted se apoya en mi brazo –repuso Levin. Y en seguida enrojeció, asustado de lo que acababa de decir. Y, en efecto, apenas hubo pronunciado estas palabras, cuando, del mismo modo como el sol se oculta entre las nubes, del rostro de Kitty desapareció toda la suavidad, y Levin comprendió por la expresión de su semblante que la joven se concentraba para reflexionar.
Una leve arruguita se marcó en la tersa frente de la muchacha.
–¿Le sucede algo? Perdone, no tengo derecho a… –rectificó Levin.
–¿Por qué no? No me pasa nada –repuso ella frÃamente. Y añadió–: ¿No ha visto aún a mademoiselle Linon?
–TodavÃa no.
–Vaya a saludarla. Le aprecia mucho.
«¡Oh, Dios mÃo, la he enojado!», pensó Levin, mientras se dirigÃa hacia la vieja francesa de grises cabellos rizados sentada en el banco.