Ana Karenina

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Ella le acogió como a un viejo amigo, enseñando al reír su dentadura postiza.

–¡Cómo crecemos, ¿eh? –le dijo, indicándole a Kittyy ¡cómo nos hacemos viejos! ¡Tinny bear es ya mayor! –continuó, riendo, y recordando los apelativos que antiguamente daba Levin a cada una de las tres hermanas, equiparándolas a los tres oseznos de un cuento popular inglés–. ¿Se acuerda de que la llamaba así?

El no lo recordaba ya, pero la francesa llevaba diez años riendo de aquello.

–Vaya, vaya a patinar. ¿Verdad que nuestra Kitty lo hace muy bien ahora?

Cuando Levin se acercó a Kitty de nuevo, la severidad había desaparecido del semblante de la joven; sus ojos le miraban, como antes, francos y llenos de suavidad, pero a él le pareció que en la serenidad de su mirada había algo de fingido y se entristeció.

Kitty, tras hablar de su anciana institutriz y de sus rarezas, preguntó a Levin qué era de su vida.

–¿No se aburre usted viviendo en el pueblo durante el invierno? –le preguntó.

–No, no me aburro. Como siempre estoy ocupado… –dijo él, consciente de que Kitty le arrastraba a la esfera de aquel tono tranquilo que había resuelto mantener y de la cual, como había sucedido a principios de invierno, no podía ya escapar.


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