Ana Karenina

Ana Karenina

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–¿Viene para mucho tiempo? –preguntó Kitty.

–No sé –repuso Levin, casi sin darse cuenta.

Pensó que si se dejaba ganar por aquel tono de tranquila amistad, se marcharía otra vez sin haber resuelto nada; y decidió rebelarse.

–¿Cómo no lo sabe?

–No, no sé… Depende de usted.

Y en el acto se sintió aterrado de sus palabras.

Pero ella no las oyó o no quiso oírlas. Como si tropezara, dio dos o tres leves talonazos y se alejó de él rápidamente. Se acercó a la institutriz, le dijo algunas palabras y se dirigió a la caseta para quitarse los patines.

«¡Oh, Dios, ayúdame, ilumíname! ¿Qué he hecho?», se decía Levin, orando mentalmente. Pero, como sintiera a la vez una viva necesidad de moverse, se lanzó en una carrera veloz sobre el hielo, trazando con furor amplios círculos.

En aquel momento, uno de los mejores patinadores que había allí salió del café con un cigarrillo en los labios, descendió a saltos las escaleras con los patines puestos, creando un gran estrépito y, sin ni siquiera variar la descuidada postura de los brazos, tocó el hielo y se deslizó sobre él.


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