Ana Karenina

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–¡Ah, un nuevo truco! –exclamó Levin.

Y corrió hacia la escalera para realizarlo.

–¡Va usted a matarse! –le gritó Nicolás Scherbazky–. ¡Hay que tener mucha práctica para hacer eso!

Levin subió hasta el último peldaño y, una vez allí, se lanzó hacia abajo con todo el impulso, procurando mantener el equilibrio con los brazos. Tropezó en el último peldaño, pero tocando ligeramente el hielo con la mano hizo un esfuerzo rápido y violento, se levantó y, riendo, continuó su carrera.

«¡Qué muchacho tan simpático!», pensaba Kitty, que salía de la caseta con mademoiselle Linon, mientras seguía a Levin con mirada dulce y acariciante, como si contemplase a un hermano querido. «¿Acaso soy culpable? ¿He hecho algo que no esté bien? A eso llaman coquetería. Ya sé que no es a él a quien quiero, pero a su lado estoy contenta. ¡Es tan simpático! Pero ¿por qué me diría lo que me dijo?»

Viendo que Kitty iba a reunirse con su madre en la escalera, Levin, con el rostro encendido por la violencia del ejercicio, se detuvo y quedó pensativo. Luego se quitó los patines y logró alcanzar a madre a hija cerca de la puerta del parque.

–Me alegro mucho de verle –dijo la Princesa–. Recibimos los jueves, como siempre.

–¿Entonces, hoy?


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