Ana Karenina
Ana Karenina –Nos satisfará su visita –repuso la Princesa, secamente.
Su frialdad disgustó a Kitty de tal modo que no pudo contener el deseo de suavizar la sequedad de su madre y, volviendo la cabeza, dijo sonriendo:
–Hasta luego.
En aquel momento, Esteban Arkadievich, con el sombrero ladeado, brillantes los ojos, con aire triunfador, entraba en el jardín. Al acercarse, sin embargo, a su suegra adoptó un aire contrito, contestándole con voz doliente cuando le preguntó por la salud de Dolly.
Tras hablar con ella en voz baja y humildemente, Oblonsky se enderezó, sacando el pecho y cogió el brazo de Levin.
–¿Qué? ¿Vamos? –preguntó–. Me he acordado mucho de ti y estoy satisfechísimo de que hayas venido –dijo, mirándole significativamente a los ojos.
–Vamos –contestó Levin, en cuyos oídos sonaban aún dulcemente el eco de aquellas palabras: «Hasta luego», y de cuya mente no se apartaba la sonrisa con que Kitty las quiso acompañar.
–¿Al «Inglaterra» o al «Ermitage» ?
–Me da lo mismo.