Ana Karenina
Ana Karenina –Entonces vamos al «Inglaterra» ––dijo Esteban Arkadievich decidiéndose por este restaurante, porque debÃa en él más dinero que en el otro y consideraba que no estaba bien dejar de frecuentarlo.
–¿Tienes algún coche alquilado? –añadió–. ¿SÃ? MagnÃfico… Yo habÃa despedido el mÃo…
Hicieron el camino en silencio. Levin pensaba en lo que podÃa significar aquel cambio de expresión en el rostro de Kitty, y ya se sentÃa animado en sus esperanzas, ya se sentÃa hundido en la desesperación, y considerando que sus ilusiones eran insensatas. No obstante, tenÃa la sensación de ser otro hombre, de no parecerse en nada a aquel a quien ella habÃa sonreÃdo y a quien habÃa dicho: «Hasta luego».
Esteban Arkadievich, entre tanto, iba componiendo el menú por el camino.
–¿Te gusta el rodaballo? –preguntó a Levin, cuando llegaban.
–¿Qué?
–El rodaballo.
–¡Oh! SÃ, sÃ, me gusta con locura.