Ana Karenina
Ana Karenina –¿Ve usted? Yo soy feliz –dijo, sin reÃr ya, sosteniendo su taza en la mano–. La comprendo a usted y comprendo a Lisa. Lisa es una de esas naturalezas ingenuas que no distinguen el bien del mal. Al menos, no lo comprenden mientras son jóvenes. Además, ahora sabe que esa ignorancia le conviene y tal vez ponga en ello alguna intención… –agregó Betsy, con fina sonrisa–. Sea lo que sea, le interesa no comprenderlo. Vera usted: una misma cosa se puede mirar desde un punto de vista trágico, convirtiéndola en un tormento, como cabe mirarla con sencillez y hasta con alegrÃa. Acaso usted se incline a considerar las cosas demasiado trágicamente…
–Quisiera conocer a los demás como a mà misma –dijo Ana, seria y reconcentrada–. ¿Seré peor o mejor que las demás? Yo creo que peor…
–¡Es usted una niña! ¡Una verdadera niña! –exclamó Betsy–. ¡Mire: ya vienen!