Ana Karenina

Ana Karenina

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Como veía pocas veces a Ana Karenina, no podía decirle más que vulgaridades, y ahora se las decía a propósito de su vuelta a San Petersburgo, preguntándole cuándo sería y hablándole del aprecio en que la tenía la condesa Lidia Ivanovna; pero se lo decía de un modo que demostraba el interés que tenía en hacérsele agradable y más aún en mostrarle su respeto.

Entró Tuchkevich anunciando que la reunión aguardaba a los jugadores para el cricket.

–¡No se vaya, por favor! –dijo Lisa, al enterarse de que Ana se iba.

Stremov unió su súplica a la de Lisa.

–Es un contraste demasiado vivo –dijo– pasar de esta reunión a casa de la vieja Vrede. Además, usted allí no será sino un motivo de murmuración, mientras que aquí inspira usted sentimientos mucho mejores. Es decir, completamente opuestos –concluyó Stremov.

Ana, indecisa, reflexionó un momento.

Las palabras lisonjeras de aquel hombre tan inteligente, la simpatía ingenua a infantil que le mostraba Lisa Merkalova, todo este ambiente habitual del gran mundo resultaba tan agradable en comparación con las terribles dificultades que la esperaban que por un momento vaciló. ¿No sería mejor quedarse, alejando más, así, el espinoso instante de las explicaciones?


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