Ana Karenina
Ana Karenina Quedó pensativo. La cuestión de si debía o no pedir el retiro le hizo meditar en otro interés secreto de su vida, sólo conocido para él, pero que era el principal estímulo que le guiaba: la ambición, ilusión acariciada desde su infancia y su juventud. Y su ambición, que ni a sí mismo se confesaba, era tan fuerte que aun ahora mismo luchaba con su amor. Sus primeros pasos en el mundo y en su carrera habían sido afortunados; pero dos años antes había cometido un gran error: queriendo demostrar su independencia y ascender más, renunció a un cargo que le ofrecían, esperando que la negativa le daría más valor aún.
Pero resultó que había sido demasiado audaz y le dejaron de lado; y como quiera que, a pesar suyo, se había creado con ello la posición de un hombre independiente, la soportaba lo mejor que podía, con inteligencia y sagacidad, procediendo como si no se sintiera ofendido por nadie y no deseara otra cosa que vivir tranquilo su alegre existencia.
Pero la verdad era que desde que el año pasado había vuelto de Moscú ya no se sentía alegre. Notaba que aquella posición independiente de hombre que lo ha podido tener todo y no quiere nada perdía mérito y que muchos empezaban ya a pensar que nunca habría conseguido otra cosa que ser un joven bueno y honorable.