Ana Karenina

Ana Karenina

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–Me satisface mucho…

Denin, el coronel del regimiento, ocupaba una gran casa perteneciente a unos propietarios rurales. Los reunidos estaban en el amplio mirador del piso bajo.

Lo primero que atrajo la atención de Vronsky al entrar en el patio fueron los cantores militares vistiendo sus uniformes blancos de verano, todos de pie junto a un pequeño barril de aguardiente, y, con ellos, la figura sana y alegre del coronel del regimiento rodeado de los oficiales. Saliendo al primer peldaño, el coronel, en voz alta que dominaba el son de la orquesta, que tocaba entonces un rigodón de Offenbach, daba órdenes y hacía señales con el brazo a unos soldados que estaban algo separados.

El grupo de soldados, un sargento de caballería y algunos oficiales, se acercaron al balcón a la vez que Vronsky. El coronel, que había vuelto a la mesa, reapareció de nuevo con una copa en la mano y pronunció un brindis:

–A la salud de nuestro ex compañero, el bravo general Serpujovskoy. ¡Hurra!

Tras el coronel, y también con la copa en la mano, salió Serpujovskoy a la escalera.

–Estás cada vez más joven, Bondarenko ––dijo, dirigiéndose al sargento de caballería que estaba ante él, hombre de buena presencia y coloradas mejillas que prestaba servicio como reenganchado.


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