Ana Karenina
Ana Karenina Vronsky, que no habÃa visto a Serpujovskoy desde hacÃa tres años, ahora le notaba un aspecto más varonil. Se habÃa dejado crecer las patillas; se habÃa hecho más hombre, pero conservaba su esbeltez de siempre a impresionaba tanto por su belleza como por la dulzura y nobleza de su rostro y aspecto. El único cambio que Vronsky observó en él fue el brillo radiante, tranquilo y persistente, aquel brillo que Vronsky conocÃa bien y que habÃa observado en seguida en su amigo, que adquieren los rostros de los que triunfan y están convencidos además de que los demás no ignoran su éxito.
Serpujovskoy, al bajar la escalera, vio a Vronsky y una sonrisa alegre iluminó su rostro. Alzó la cabeza y levantó el vaso, saludándole y mostrando con este gesto que no podÃa dejar de acercarse primero al sargento de caballerÃa, que ya se estiraba conmovido y plegaba los labios para besar al General.
–¡Ya está aquÃ! –gritó el coronel–. Jachvin me ha dicho que estás de mal humor.
Serpujovskoy besó los labios frescos y húmedos del gallardo sargento y, secándose la boca con el pañuelo, se acercó a Vronsky.
–¡Cuánto me alegro de verte! –dijo, estrechándole la mano y llevándole aparte.
–¡Ocúpese de él! –gritó el coronel a Jachvin, mostrándole a Vronsky.
Y se dirigió a los soldados.