Ana Karenina
Ana Karenina –¿Cómo es que no se te vio ayer en las carreras? Pensaba haberte visto allà –dijo Vronsky, mirando a su amigo.
–Estuve, pero llegué tarde, perdona –añadió, volviéndose hacia el ayudante para decirle–: Haga el favor de ordenar que se distribuya esto de mi parte, a lo que toquen cada uno, entre la tropa.
Y, sonrojándose, sacó precipitadamente de su cartera tres billetes de cien rublos.
–Vronsky. ¿Quieres tomar algo? –preguntó Jachvin–. ¡Hola: traed algo de comer para el Conde! ¡Y bébete esto!
La orgÃa en casa del coronel continuó largo rato. Mantearon a Serpujovskoy y al coronel. Luego, ante los cantores, bailaron el coronel y Petrizky. Finalmente, aquél, algo cansado ya, se sentó en el banco del patio y empezó a demostrar a Jachvin la superioridad de Rusia sobre Prusia, sobre todo en las cargas de caballerÃa. El bullicio se calmó por un momento. Serpujovskoy pasó un instante al tocador de la casa para lavarse las manos y halló allà a Vronsky, que, habiéndose quitado la guerrera y poniendo su cuello, sobre el que caÃan abundantes cabellos, bajo el grifo del lavabo, se frotaba con las manos cuello y cabeza.