Ana Karenina
Ana Karenina Una vez que Vronsky hubo terminado de lavarse, sentóse junto a Serpujovskoy y, acomodados los dos allà mismo en un pequeño diván, empezaron una charla muy interesante para ambos.
–Estaba informado de todos tus asuntos por mi mujer –dijo Serpujovskoy–. Me alegro de que la hayas visitado a menudo.
–Es muy amiga de Varia. Son las únicas mujeres de San Petersburgo a las que me agrada tratar –contestó Vronsky, sonriendo, al prever el tema que iba a tocar la conversación y que le era en extremo agradable.
–¿Las únicas? –dijo Serpujovskoy sonriendo igualmente.
–También yo sabÃa de ti por tu mujer –repuso Vrosnky, con el rostro serio, cortando asà la alusión–. Me alegro mucho de tus éxitos, pero no me han sorprendido. Esperaba tanto o más de ti.
Serpujovskoy sonrió de nuevo. Era evidente que le halagaba que se tuviese de él tal opinión y no creÃa necesario ocultarlo.
–Yo, al contrario: confieso que esperaba menos. Pero estoy muy satisfecho. Mi debilidad es ser ambicioso, lo confieso.
–Acaso no te confesaras de no haber triunfado –dijo Vronsky.