Ana Karenina

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–En todo caso, para ello me haría falta una cosa esencial –contestó Vronsky–: el deseo del poder. Lo he sentido antes, pero ahora se me ha disipado.

–Dispensa, pero no es verdad –dijo Serpujovskoy, sonriendo.

–Es verdad, es verdad… por ahora al menos; te lo digo con sinceridad –añadió Vronsky.

,–Ese «por ahora» ya es otra cosa. Y no durara siempre.

–Puede ser –repuso Vronsky.

–Dices «puedes ser» –continuó Serpujovskoy, como adivinando sus pensamientos– y yo te digo que es seguro. Por eso quería verte. Tú has obrado como debías. Pero no debes «perseverar». Sólo te ruego que me des carte blanche… No trato de protegerte, aunque, ¿por qué no había de hacerlo? ¿Cuántas veces no me has protegido tú? Pero nuestra amistad está sobre todo eso. Sí –dijo con una dulzura femenina, sonriéndole–. Dame carte blanche, deja el regimiento y te situaré sin que se den cuenta…

–Pero ¡si no necesito nada! Con que las cosas sigan como hasta ahora… –dijo Vronsky.

Serpujovskoy, incorporándose, se plantó ante él.


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