Ana Karenina
Ana Karenina –Puede ser. Pero acuérdate de lo que te he dicho. Y, además, piensa que todas las mujeres son más materialistas que los hombres. Nosotros miramos el amor como algo inmenso y ellas lo consideran siempre terre–à –terre … ¡Ahora, ahora! –––dijo al lacayo, que se acercaba.
Pero el lacayo no iba a llamarles, como Serpujovskoy habÃa imaginado, sino que llevaba una carta para Vronsky.
–La trajo el criado de la princesa Tverskaya.
Vronsky abrió la carta y se ruborizó.
–Me duele la cabeza; me voy a casa ––dijo a Serpujovskoy.
–Entonces, adiós. ¿Me das carte blanche?
–Ya hablaremos después. Nos veremos en San Petersburgo.