Ana Karenina
Ana Karenina –¿Acaso no es posible el divorcio? –preguntó con voz
Ana movió la cabeza en silencio.
–¿No es posible llevarte a tu hijo y dejar a tu marido?
–SÃ, pero todo eso depende de él. Por ahora debo vivir en su casa –dijo Ana secamente.
No la habÃan engañado sus presentimientos. Las cosas quedaban como antes.
–El martes iré yo a San Petersburgo y se decidirá todo –indicó Vronsky.
–Sà –repuso Ana–. Pero no hablemos más de esto.
El coche de Ana, que ella habÃa despedido con orden de ir a buscarla junto a la verja del jardÃn de Vrede, llegaba en aquel momento.
Ana se despidió de Vronsky y se fue a casa.