Ana Karenina
Ana Karenina –¿Y mi hijo? –exclamó–. ¿No ves lo que me escribe? TendrÃa que abandonar a mi hijo, y esto no quiero ni puedo hacerlo.
–¡Por Dios! ¿Qué vale más? ¿Dejar a tu hijo o continuar esta situación humillante?
–¿Humillante para quién?
–Para todos, y en especial para ti.
–No digas que es humillante… no me lo digas. Esas palabras para mà carecen de sentido ––dijo Ana, con voz temblorosa, deseando ahora que Vronsky hablase con sinceridad, ya que sólo le quedaba su amor y deseaba seguir amándole–. Comprende que desde el dÃa en que lo acepté todo ha cambiado para mÃ. Sólo tengo una cosa: tu amor. Siendo mÃo tu cariño, me siento tan elevada y tan firme que nada puede humillarme. Estoy orgullosa de mi situación porque… porque… orgullosa por… por… –y no supo decir por qué se sentÃa orgullosa. Lágrimas de vergüenza y desesperación ahogaron su voz; se detuvo y estalló en sollozos.
Vronsky sintió también la sensación de algo que subÃa a su garganta, le cosquilleaba la nariz y le hacÃa sentirse, por primera vez en su vida, a punto de llorar. No podÃa decir qué era concretamente lo que le habÃa conmovido. SentÃa lástima de Ana, sabÃa que no podÃa ayudarla y a la vez reconocÃa que él era la causa de su desgracia y que habÃa procedido mal.